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DESIERTO DEL WIRIKUTA, TERRITORIO SAGRADO DE LOS HUICHOLES.
Por: Jess Chilián
Fotos: rutamxo.com
En el borde occidental de la Sierra de Catorce, Leunar o el Quemado es el centro ceremonial más oriental en la geografía sagrada de los Wixarrica o Huicholes. Ahí suben a depositar sus ofrendas después de que han llegado con éxito a Wirikuta, la tierra del origen, luego de una larga peregrinación muchas veces peligrosa y llena de intensos acontecimientos. Todo para ellos es sagrado durante esta peregrinación que es solo un reflejo de su vida cotidiana. Una vida en la que día a día y noche a noche, todo tiene un significado que va más allá de las puras apariencias; una visión que el hombre moderno casi ha perdido por completo.
Todo inicia en el pueblo de La Tristeza, Nayarit. El marakame es don Francisco, hombre de gran sabiduría y sencillez. Es el guía espiritual de la comunidad, sólo él puede ver al venado azul, Kauyumari, hermano mayor de los huicholes y representante de los dioses. Es continuador de la tradición, "el costumbre", que con su fiel compañero Tetehuari, Dios del Fuego, conocen el destino de los huicholes. Con don Francisco van los peyoteros, peregrinos de su comunidad y del pueblo Salvador Allende. Todos se dirigen a Wirikuta. Esta vez irán en camión hasta la entrada al desierto, y después caminarán varias horas para llegar al lugar sagrado a recolectar peyotes. Antiguamente todo el trayecto se hacía a pie.
En el grupo van dos niños con el rostro cubierto, requisito indispensable para quienes inician su primer viaje a Wirikuta. Los peyoteros adornan sus sombreros con colas de ardillas, plumas de colores y, si es posible, plumas de guajolote, animal que heredó el nombre correcto del sol. Desde el día anterior a la salida se abstienen de cualquier contacto sexual y reducen al máximo su consumo de alimento y bebida. Para emprender el viaje, los huicholes realizan diversos rituales preparatorios para el encuentro con los dioses. La cacería del venado es el más importante. La cacería es un acto fundamental para protegerse de los peligros, así como para llevar a cabo la ceremonia en la que se ofrecerá la sangre del animal a los dioses en el Lago de Tateimatinieri.
Durante tres días de trayecto de La Tristeza a Wirikuta, tomaron sólo agua y no cruzaron palabra alguna, suspendidos en un extraño estado de contemplación. Ya en Wirikuta, el primer ritual de importancia es la confesión de los actos sexuales que los peyoteros han cometido a lo largo de su vida. Se realiza cuando los peregrinos han alimentado al fuego. Tatehuari, Dios Protector de los huicholes. El marakame dirige la ceremonia donde los peyoteros se confiesan uno a uno, y anudan un lazo que, al final, es lanzado al fuego. Mientras los peyoteros confiesan sus infidelidades, un joven con una vara golpea a los asistentes en las piernas para que no omitan ninguno de sus amoríos, todo en medio de risas y burlas. Los niños se burlan de los viejos y éstos de los niños. Las parejas no muestran celos ni resentimiento por lo escuchado.
Antes de llegar al lugar de los dioses, lo peyoteros tendrán que pasar a través de puertas míticas. Después de la confesión se atraviesa la puerta donde chocan las nubes. Aquí los peyoteros pueden morir; pasan del estado profano al sagrado. Se paran en línea recta, mirando hacia Wirikuta; el marakame pasa sus plumas sagradas por el cuerpo de cada uno de ellos y pide a Kauyumari, "el hermano mayor", que les ayude a cruzar. Luego de cruzar la puerta nos encontramos en la morada de "las Madres del Agua", tateimatinieri, manantial de agua sagrada.E n esta pequeña laguna los peyoteros dejan ofrendas en el agua, “niericas” (cuadros de estambre), sangre de venado, plumas, etc.
Después el marakame pondrá un poco de agua en la cabeza de los asistentes. Más tarde, los peyoteros llenarán sus bules con agua y los llevarán a sus comunidades, donde rociarán milpas, animales y a sus familias. Al día siguiente se cruza otra puerta, Wakirikitema, donde se pide permiso a los dioses para entrar a Wirikuta. El guía realiza una limpia a todo el grupo y, acto seguido, entran en la meseta donde viven los dioses. Ahí, en el ámbito sagrado, todos los peyoteros se ponen en fila, como verdaderos guerreros, y el marakame mira hacia el horizonte; divisa, escudriña, quiere encontrarse con el venado azul. Todos esperan; el momento es tenso. Si el marakame no descubre al venado azul, la cacería habrá terminado y tendrán que regresar a casa con los costales vacíos.
De pronto el marakame empieza a caminar y los peyoteros lo siguen. Todos se dirigen al lugar donde él vio al mítico animal. Instantes después se detiene y hace una pequeña horadación en la tierra que esconde al primer grupo de peyotes o híkuris. La cacería ha empezado, “cacería” porque el peyote es identificado con el venado sagrado. El guía parte los peyotes en pequeños gajos y ofrece uno a cada peregrino. Los huicholes cantan, agradecen y dejan ofrendas donde apareció el venado azul. Una vez terminado el acto de comunión salen a buscar peyote, escaso por la rapiña urbana que profana el lugar sagrado.
Conforme encuentran híkuris colocan sus flechas a un costado. De regreso los recogerán todos. Por la noche se reúnen y alimentan al fuego, el marakame se sienta en un “uweni” o equipal sagrado, y canta lo que dicta Kauyumari, en su canto se reviven hazañas de los dioses y la creación del mundo, con ello los huicholes ayudan a su preservación. Danzarán toda la noche hasta el amanecer. En la mañana, los peyoteros cantan hermosas canciones de despedida a los dioses y les piden que permanezcan ahí. Esta vez la cacería ha sido abundante. Hay suficiente peyote para todas las ceremonias. Por ello todos regresan satisfechos con sus familias.
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