
Se piensa que tal vez de los otomíes procedió la gran cultura maya-quiché que floreció en América Central y también en las regiones al sur de México. Abarcó dos regiones y dos períodos distintos, que los arqueólogos denominan cultura sur y cultura norte. La primera se extendía a Guatemala y parte de Honduras con centros importantes en Copán, Querigua, Tikal y Palenque, y la segunda a Chichén Itza y Uxmal en el territorio que ocupa el actual estado de Yucatán. En la historia de los mayas se reconocen dos épocas bien definidas: el Viejo Imperio y el Nuevo Imperio. Al primero corresponden las ruinas de Palenque y las de Bonampak; al segundo las de Chichén Itza con el Castillo, el Juego de Pelota y la Casa de las Monjas. Por estos restos se deduce que la cultura maya fue una de las más avanzadas del continente americano. Conocían la astronomía, la escritura jeroglífica; tenían un calendario y su año se componía de 20 meses, con 18 días cada uno. Parece que creían en la inmortalidad del alma y dejaron una especie de Biblia, el Popol Vuh, que se refiere a la creación del hombre. Hace muy poco que se empezó a descubrir la cultura de los mixtecas y zapotecas, cuyos descendientes habitan aún el estado de Oaxaca, Mitla y Monte Albán, con las maravillosas joyas de oro encontradas en sus tumbas, son testimonio de una civilización que debió ser de gran refinamiento.
Los totonacas ocuparon Veracruz y Puebla, estableciendo su capital en Zempoala. Se destacaron sobre todo en la escultura y todavía subsiste en Papantla la Pirámide de Tajín, uno de sus grandes monumentos. Cuando Hernán Cortés se internó en tierras de América, estos indígenas fueron los primeros con quienes se encontró. En Michoacán, en la región de los lagos, habitó un pueblo, el de los tarascos, que los españoles no lograron dominar del todo. Vivían en chozas redondas y su agricultura era muy primitiva; se especializaron en la confección de mosaicos hechos con plumas de ave y eran además hábiles alfareros. La enumeración de todas las tribus que contribuyeron a poblar México sería interminable. Vale la pea, sin embargo, nombrar aún a los tlaxcaltecas, que llegaron a ser firmes aliados de los conquistadores y a los yaquis, indios robustos y fornidos a los que se conocía por su proverbial ferocidad. Actualmente, los arqueólogos reconocen la existencia antes de la era cristiana, de una cultura conocida por las extraordinarias muestras de su arte que han llegado hasta nuestros tiempos y que denominan cultura olmeca, afirmando que las grandes civilizaciones precolombinas le deben todas su origen. Se cree que este pueblo mejoró el cultivo del maíz, del frijol, del algodón y del chile. Tal vez fueron ellos los primeros adoradores de Quetzalcóatl, ese personaje mitológico y religiosos venerado por muchos otros pueblos de América, incluso con diferentes nombres.

Más tarde, se habla de los olmecas "históricos", o sea de un pueblo, tal vez a fin al anterior, pero cuyos hechos ya llegaron hasta nosotros. Florecieron durante unos ocho siglos y fueron anulados por una invasión de los nahuas, grupo de tribus más primitivas, pero más belicosas, entre las cuales dominaban los toltecas. Éstos habitaron el Valle de México, antes que los aztecas. Sus dos centros principales fueron Teotihuacán y Atzcapotzalco. Fueron un pueblo pacífico, experto en matemáticas, astronomía y medicina. Habían adoptado como Dios a Quetzalcóatl de los olmecas, que detestaban los sacrificios humanos. Le ofrecían sólo flores y frutas hasta que los expulsaron los aztecas, adoradores de Tezcatlipoca y Huitzilopochtli. Se cuenta que antes de emigrar a otras tierras y asentar su nueva capital en Tula, el Dios anunció que muchos años después hombres blancos y barbudos semejantes a él, volverían a conquistar el país. Un pueblo de guerreros, los chichimecas, atacó a los toltecas, poniendo en peligro su pacífica cultura. Estos recién llegados eran robustos, crueles y volvieron a instaurar los sacrificios humanos. Una de sus armas características era una maza o macana con cuchillas de obsidiana insertas en ella. Pero, como suele suceder, mejoraron en su contacto con los toltecas, y con sus aliados llegaron a dominar la Meseta o Altiplanicie Central, erigiendo su capital, Texcoco, en el lago de igual nombre.